dilluns, 24 d’abril de 2017

De la identidad valenciana al valencianismo

¿Los valencianos, desde cuándo son valencianos? (Vicent Baydal, Llibres de la Drassana, 2017, 17,95 euros)

Los valencianos, por mucho que se empeñen algunos, no son españoles desde tiempos inmemoriales. Como desde mediados del siglo XIV siguen siendo valencianos, aunque con otros valores adaptados a la contemporaneidad. No en vano, hasta el 84% de la población valenciana declaraba en el último Barómetro autonómico realizado, del año 2012, participar de dicha identidad: con mayor o menor intensidad, todos ellos se sentían valencianos. De hecho, la valenciana ha sido la conciencia colectiva que durante más tiempo ha acompañado a la mayoría de los habitantes del territorio valenciano, cuya actual configuración es heredera directa del Reino de Valencia conformado entre 1238 y 1304 –con la pérdida de Caudete en 1707 y los añadidos interiores de Villena y la Plana de Utiel entre 1836 y 1853–. Como hemos visto, los sentimientos identitarios son históricamente permeables, pero a partir del siglo XV la conciencia colectiva que se afirmó más poderosamente entre los pobladores del territorio valenciano fue precisamente la valenciana. Así lo han demostrado los meticulosos estudios de Antoni Ferrando y Agustín Rubio Vela y, en efecto, sabemos que el sentimiento propio se fue consolidando entre los valencianos frente al resto de comunidades territoriales que los rodeaban.

Por ejemplo, durante el interregno de 1410-1412 los gobernantes de la ciudad de Valencia hicieron diversas llamadas a “extirpar los castellans” y las “gents d’armes de nació castellana” que habían entrado en la Corona de Aragón, una rivalidad que ya se había presentado de manera firme durante la anterior guerra contra Castilla de 1356 a 1369. Al mismo tiempo, también en el interregno, los representantes del Parlamento valenciano volvieron a reivindicar su paridad con los catalanes y con los aragoneses: “han tanta autoritat e potestat com han lo regne d’Aragó per si e lo Principat de Cathalunya per si, e la hu no n’i ha més que l’altre”. Incluso dicho fortalecimiento de la afirmación identitaria llegó, como es sabido, a modificar la denominación de la lengua hablada mayoritariamente por los valencianos, que desde finales del Cuatrocientos dejó de recibir indistintamente el nombre de “catalán” y “valenciano” para pasar a designarse en exclusiva con el segundo de aquellos nombres. Así, a lo largo de los siglos modernos se consolidó el uso del término “llengua valenciana”, mientras que las formas del catalán medieval pasaron a recibir el nombre de “llemosí”, que indicaba la unidad de origen y estructura de la lengua hablada por catalanes, valencianos y baleares.

Durante esta misma época, cuando la Corona de Aragón se incorporó a la Monarquía Hispánica junto a Castilla y otros territorios europeos y americanos, la identidad colectiva valenciana continuó intensificándose y diferenciándose plenamente del resto. Así, en 1599 el sacerdote valentino Pere Joan Porcar calificó a los castellanos del cortejo real de “bruta gent”, por haber causado la muerte por inhalación de gases pútridos de dos hombres que intentaban limpiar la “sucietat y bacins” que aquellos habían dejado en el pozo ciego de una casa de Valencia donde se habían hospedado: “en totes les cases que estos grans dels castellans s’han aposentat han fet lo mateix dels pous, y tots los aposientos han emmerdat, y tot ho han derruït y casi fins a tots los panys de les portes han arrancat”. Medio siglo más tarde el franciscano dianense Pere Esteve arengaba los valencianos, “de lleal fama”, en su lucha por defender el norte valenciano contra los catalanes sublevados en la guerra de los Segadores y contra los franceses que les auxiliaban militarmente: “bé serà que es diga lo valor i hassanya de la mia gent, que és la valenciana; dels de Vinaròs, de Rossell i la Plana, que és just per lo món córrega la fama perquè de francesos grans victòries guanya”. No en vano, como ha indicado el historiador norirlandés James Casey, a lo largo del siglo XVII se puede detectar el mantenimiento de una fuerte identificación de las élites del país con las tradiciones jurídicas, políticas y culturales del Reino de Valencia. Dicha actitud, también presente en el resto de territorios de la Corona de Aragón, ha recibido el nombre de “patriotismo” o “republicanismo”, ya que “patria” y “república” eran las palabras empleadas para denominar el entramado de instituciones y leyes propias que permitían evitar la injerencia real y controlar de manera interna los órganos de gobierno particulares, como las Cortes, la Generalidad, las Juntas de Estamentos, los Consejos municipales, etc.

Es por ello que Felipe V aprovechó la derrota de los austracistas en la guerra de Sucesión para eliminar dichas estructuras mediante el Decreto de Nueva Planta de 1707. El Reino de Valencia dejó oficialmente de existir: al no tener un “régimen” legal propio, pasó a ser una provincia gobernada desde fuera. Ello provocó que los dirigentes del reino dejaran de tener un referente político valenciano y que muchos de los importantes elementos simbólicos que sustentaban la identidad propia –el uso del idioma valenciano por parte de las instituciones públicas o las conmemoraciones históricas como el 9 de Octubre, por ejemplo– desaparecieran. Además, el sentimiento de españolidad se extendió a lo largo del siglo XVIII al calor de las ideas centralizadoras de la nueva dinastía borbónica. No solo porque Madrid se intensificó como centro de poder incontestable de la monarquía y foco de atracción para los intelectuales valencianos, sino también porque la apertura de los beneficios del Imperio, con la participación en rutas mercantiles y la accesión a ciertos cargos administrativos, se hizo extensiva a los habitantes de la antigua Corona de Aragón. Con todo, la conciencia particular valenciana se mantuvo. Los propios ilustrados continuaron reproduciendo la visión unitaria del país de los valencianos en su tarea, basada en la memoria del Reino de Valencia, los Fueros y la cultura propia. El botánico Cavanilles, por ejemplo, realizó un magno estudio geográfico sobre el territorio valenciano –a pesar de que el rey le había encargado hacerlo del conjunto de España–, mientras que los juristas Villarroya, Branchat y Borrull se dedicaron al análisis del antiguo ordenamiento foral y el notario Eiximeno recopiló un catálogo histórico de Escritores del Reyno de Valencia. Sus esquemas mentales continuaban teniendo un fuerte vínculo a la historia y el territorio valencianos conformados en época de Jaime I.

Así, al producirse la ocupación napoleónica de España entre 1808 y 1814 ambas conciencias, la de ser español y la de ser valenciano, estaban presentes entre los habitantes del antiguo Reino de Valencia –el nombre del territorio que continuaba empleándose en el habla cotidiana–. Por ejemplo, cuando el dominico Raimundo Valcedo predicó en Cocentaina contra los franceses, por una parte se lamentó de la desdicha de “la meua España amantíssima” y arengó a los “nostres españols” a “vengar els molts agravis” que “la nació española” había recibido. Por otra parte, no obstante, para mostrar la desgracia que la aceptación resignada de la invasión conllevaba, expuso el dramático caso de los pueblos arrasados ​​por el ejército francés “al nostre Reyne de València”. Ambas pertenencias colectivas coexistían y las propias sesiones de las primeras Cortes modernas españolas –celebradas en Cádiz mientras se producía la guerra contra Napoleón– dieron muestras de la importancia que el debate territorial e identitario debía tener en el futuro constitucional de España. En el caso valenciano el diputado Francisco Javier Borrull, un erudito de tendencia política reaccionaria, propuso recuperar la Generalidad como institución encargada de la administración territorial y, además, se opuso por completo a cualquier tipo de cambio en la integridad del antiguo reino, pues consideraba que:
Puede hacerse del territorio español en departamentos, quitando el nombre que actualmente tienen sus diferentes reinos, y agregando los pueblos de los unos a los otros. Esto ha de ser perjudicialísimo; ha de impedir la íntima unión que media entre los pueblos de un mismo reino, y ha de encontrar la mayor resistencia entre ellos, suscitándose con este motivo trastornos y alborotos [...] Me opongo formalmente a que se apruebe como está, sin que se añadan las palabras siguientes: 'conservando cada reino su nombre, y los pueblos que le pertenecen'.

Ante aquel tipo de afirmaciones, el diputado extremeño Diego Muñoz Torrero replicó que: “estamos hablando como si la nación española no fuera una, sino que tuviera reinos y estados diferentes. Si aquí viniera un extranjero que no nos conociera diría que había seis o siete naciones”. La cuestión territorial, con fuertes implicaciones identitarias, no sería, pues, un tema menor en la construcción del Estado liberal español. Lo que pretendían los liberales, como habían planteado en las Cortes de Cádiz, era una revolución política que acabara con los antiguos privilegios estamentales de la monarquía, la nobleza y la Iglesia, sustituyéndolos por un sistema constitucional moderno que garantizara las libertades civiles –de expresión, asociación, religión, enseñanza, pensamiento, imprenta, etc.– y la participación política plena de todos los ciudadanos a través de los partidos y las elecciones democráticas.  El proceso se prolongó durante todas las décadas centrales del siglo XIX, desde el final del reinado absolutista de Fernando VII en 1833 hasta la Restauración borbónica de Alfonso XII en 1876, que acabó estabilizando un sistema parlamentario liberal –aunque con evidentes restricciones–. La forma resultante de gobierno fue la de un Estado decididamente centralista, ya que el territorio se regía desde Madrid a través de las cuarenta y nueve nuevas provincias que se crearon entonces. Hubo intentos de descentralización política, como el proyecto de constitución federal de 1873 de la Primera República –que incluía quince estados federados, entre los que se encontraban los cuatro antiguos territorios de la Corona de Aragón–, pero nunca llegaron a ponerse en marcha.

"España uniforme o puramente constitucional", "España foral", "España colonial" y "España incorporada o asimilada", en Francisco Jorge Torres Villegas, Cartografía hispano-científica, o sea, Los mapas españoles en que se representa España bajo todas sus diferentes fases, Madrid, 1852.

Entonces, ante el fracaso de los proyectos descentralizadores y las fricciones culturales que comportaba la participación en un proyecto nacionalista de base castellana, se configuraron los primeros nacionalismos alternativos al español. En este sentido, conviene tener en cuenta que durante la segunda mitad del siglo XIX, aparte de la primera Historia general de España, también se desarrollaron estudios regionales que fueron recuperando la conciencia de los territorios históricos; no solo historias propias, sino también todo un caudal literario en lengua vernácula –es, por ejemplo, el momento de la edición moderna de las crónicas en catalán de los reyes de la Corona de Aragón–. A un mismo tiempo, el incremento progresivo de la población alfabetizada –la primera Ley estatal de Instrucción Pública fue de 1857– planteó la cuestión de la lengua en la enseñanza y en los crecientes medios de comunicación de los territorios con tradiciones lingüísticas no castellanas. Así, en lugares como el País Vasco y Cataluña se desarrolló un clima favorable al autoctonismo, que desembocó en la creación del Partido Nacionalista Vasco en 1895 y de la Lliga Regionalista catalana en 1901, partidos a los que se fueron sumando las élites respectivas. Hasta aquel momento todos los actores políticos contemporáneos habían coincidido en dar al conjunto de ciudadanos españoles el papel de cuerpo nacional soberano, pero a partir de entonces, por primera vez, las identidades regionales fundamentadas en la memoria histórica o en rasgos culturales diferenciales pasaron a un primer plano: la nación ya no era la española sino la vasca o la catalana, que, en consecuencia, aspiraban a constituir un Estado que atendiera las necesidades y características de los territorios y los ciudadanos propios. Los nacionalismos alternativos al español se convirtieron, pues, en los máximos promotores de las identidades particulares que tenían una base histórica y cultural propia.

El proceso de aparición y consolidación política del nacionalismo valenciano fue más tardío. Sus orígenes hay que encontrarlos en la Renaixença y la creación de Lo Rat Penat, la “societat d’amadors de les glòries valencianes” fundada en 1878 en la ciudad de Valencia de la mano de Constantí Llombart y Teodor Llorente. En un principio su tarea fue estrictamente cultural, tratando de impulsar el uso escrito del valenciano y de ensalzar el pasado histórico del Reino de Valencia, dado que dichas actividades quedaban completamente marginadas en el ideario nacional proyectado por el Estado español. No en vano, por muy pocos que fueran y por muy inocua que pareciera su labor cultural y erudita, los renaixencistas chocaron con los sectores más furibundamente españolistas, totalmente opuestos al cultivo de las lenguas distintas al castellano y a la profundización de sentimientos colectivos que pudieran poner en riesgo la concepción unitaria y centralizadora de España. De hecho, aunque no promovieron abiertamente ninguna modificación de las estructuras políticas del Estado, los miembros de la Renaixença valenciana fueron recurrentemente acusados ​​de antiespañoles. Las propuestas de transformación, no obstante, llegarían unas décadas más tarde. En concreto, en 1902 el médico de Alaquàs Faustí Barberá fue el primero en reclamar públicamente, en un discurso en Lo Rat Penat, la autonomía política para las tres provincias históricamente valencianas: “lo Regne valencià, per sa història i tradicions, està obligat a secundar el moviment regionaliste”. Más tarde, la asociación Joventut Valencianista pondría las bases ideológicas del primer nacionalismo valenciano a través de la Declaración Valencianista de 1918, que reivindicaba la creación de un Estado Valenciano dentro de una Federación Ibérica. Para aquellos primeros valencianistas el conjunto de los valencianos tenía una personalidad histórica y cultural bien definida, por lo que se hacía necesaria la creación de un Estado-nación independiente que promoviera dicha identidad hasta las últimas consecuencias:
La primavera és arribada. Els valencians pensen ja en si mateixos i afirmen ses característiques. Prompte est dolç amor, que escomença en la família i acaba en la pàtria, ens tornarà viva i esplendenta la nació valenciana i nostra pròpia pàtria floreixerà com els roserals en maig.

Sin embargo, no hubo partidos políticos que compartieran expresamente los postulados nacionalistas valencianos hasta la Segunda República, en la década de 1930, como Acció Nacionalista Valenciana, de derechas, o Esquerra Valenciana y el Partit Valencianista d’Esquerra. También aquella época significó un avance en la maduración del valencianismo cultural, con una efervescencia protagonizada por un gran número de escritores, intelectuales y políticos, como Carles Salvador, Manuel Sanchis Guarner, Maximilià Thous, Miquel Duran, Empar Navarro, Joaquim Reig, Francesc Bosch i Morata o Nicolau Primitiu Gómez Serrano. Fue entonces, por ejemplo, cuando se firmaron los acuerdos para la unificación ortográfica del valenciano –las Normas de Castellón de 1932–, cuando la Señera coronada avanzó como símbolo identificador de todos los valencianos y cuando el término de País Valenciano empezó a emplearse con un significado político. Asimismo, también llegaron las aspiraciones colectivas de autogobierno, simbolizadas en diversas campañas por la obtención de un Estatuto de Autonomía, que quedaron finalmente truncadas por el estallido de la Guerra Civil española en 1936.

Manifestación por el Estatuto y la autonomía en la ciudad de Valencia durante la Segunda República (c. 1932)

En este sentido, la posterior dictadura franquista prácticamente arrasó con cualquier vestigio de aquel valencianismo organizado, que durante la larga noche de la postguerra tuvo que refugiarse en la reducida actividad cultural de Lo Rat Penat y de la editorial Torre, fundada en 1943 por Xavier Casp y Miquel Adlert, procedentes de Acció Nacionalista Valenciana. Entre aquellos dos grupos, no obstante, existía una diferencia fundamental: mientras que los primeros continuaban en cierto modo el valencianismo tradicional, ligado al territorio histórico del Reino de Valencia, los segundos focalizaban su atención en construir lazos entre valencianos, catalanes y baleares, a partir de la lengua compartida. No en vano, del segundo grupo surgió la figura capital de Joan Fuster, que con la publicación de Nosaltres, els valencians en 1962 dio pie a un nuevo valencianismo, de orientación abiertamente catalanista y fundamentalmente de izquierdas, que es el que ha predominado en la construcción y reproducción del nacionalismo valenciano contemporáneo. Ya antes de la guerra civil había habido tendencias catalanófilas en el seno del valencianismo, que era muy consciente de los lazos históricos y culturales con Cataluña y Baleares, pero, en general, la cuestión se había resuelto de una manera diferente. Lo explicaba en 1918 quien posteriormente sería el fundador del Banco de Valencia, Ignasi Villalonga:
Presuposant que ètnica i filològicament estem relacionats amb Catalunya i Mallorca, demanem la constitució d’un Estat autònom, propi, per a demostrar el nostre respecte a la personalitat valenciana i la seua voluntat. Nosatros creem que esta fórmula esvairà molts recels i molts dubtes engendrats per suspicàcies d’uns i atres. Per lo demés, nosatros no renunciem a formar una comunitat de cultura amb les atres regions de la nostra nacionalitat, unides pel llaç de la llengua, ni fugim les conseqüències que este fet poguera portar.

El valencianismo de Fuster, en cambio, no ponía en primer lugar la personalidad valenciana formada a lo largo de la historia, sino que la consideraba una “singularitat amarga”, según ha destacado el historiador castellonense Ferran Archilés. Era una “desviació” de la verdadera “nació catalana” a la que los valencianos habían pertenecido durante la edad media. Por lo tanto, la identidad y la nación esenciales y primigenias de los valencianos eran las mismas que las de los catalanes y baleares, con los que debían agruparse para formar un nuevo Estado, “els Països Catalans”. El tema de la relación histórica entre la identidad catalana y la valenciana era, sin embargo, bastante más complicado que la reducción a un único origen común y primigenio, según hemos podido ir viendo en el presente libro. En cualquier caso, lo que nos interesa destacar ahora es el conflicto que se abrió en la sociedad valenciana durante las décadas de 1970 y 1980 entre los favorables a los postulados de Fuster, designados como “catalanistas” y mayoritariamente de izquierdas, y los que se alzaron en su contra, llamados “blaveros” y abrumadoramente de derechas, que defendían la pertenencia regional de los valencianos a España. Como ha explicado el sociólogo valentino Vicent Flor, el blaverismo fue “un populisme regionalista i conservador” que hizo “de l’anticatalanisme el seu leitmotiv fonamental per construir una regió plenament integrada a Espanya i alhora el més allunyada possible de Catalunya”. Generalizando mucho, pues, la pugna confrontó a los que querían profundizar en los rasgos diferenciadores de los valencianos –aunque los considerasen catalanes en esencia– y los que, por el contrario, a pesar de presentarse como adalides de la valencianidad, querían subsumir y subordinar dichos rasgos a la identidad española, de matriz castellana y dividida en provincias, como había venido sucediendo desde el siglo XIX.

La batalla y la hegemonía política la acabó ganando el blaverismo, de modo que, en consonancia con sus ideas, los principales dirigentes que han gobernado el territorio valenciano durante las últimas décadas no han realizado ningún esfuerzo especial por impulsar la cultura diferencial valenciana y, de hecho, han entorpecido la profundización de cualquier idea de país que abarcara el conjunto del territorio valenciano. Paralelamente, el catalanismo valenciano ha ido modificando progresivamente sus presupuestos hasta volver a denominarse, de forma general, como “valencianismo”. En este sentido, el avance en el conocimiento de los fenómenos identitarios ha permitido comprender que la conciencia colectiva valenciana no es el producto de ninguna desviación nacional, singular y amarga, sino que, por el contrario, como hemos visto a lo largo de esta misma obra, es el resultado de una evolución histórica comparable a la de muchos otros pueblos europeos. Así, aunque el enfrentamiento de tipo identitario en el seno de la sociedad valenciana se ha ido apaciguando, cuando menos en sus formas extremas, sigue existiendo y se ha resituado ligeramente. Por una parte, los herederos del blaverismo tienen cada vez más dificultades para presentarse como valencianistas, dado que muchos de ellos han renunciado al principal marcador identitario diferencial –el uso del valenciano– y sus propias actuaciones les señalan como simples contrarios a la profundización del valencianismo, mientras que, por otra parte, los herederos del catalanismo son progresivamente identificados por más gente como los valedores del valencianismo, ya que son los que proyectan constantemente su acción en clave política y cultural valenciana.

En consecuencia, como ya sucedió con anterioridad a la Guerra Civil, la pugna entre una identidad española que sustenta el Estado-nación homónimo y una identidad valenciana que aspira a un mayor nivel de autogobierno, incluso a un Estado autónomo, continúa viva. Con la diferencia de que ahora hay encuestas sociológicas que dan una idea del alcance de la cuestión. En concreto, en el citado Barómetro autonómico del año 2012 un 31,5% de los habitantes del territorio valenciano declaraban sentirse únicamente españoles o más españoles que valencianos, el 55,5% tan valencianos como españoles y un 11% más valencianos que españoles o únicamente valencianos. Por lo tanto, como también indica el comportamiento electoral de la población valenciana –que vota mayoritariamente a partidos de ámbito estatal–, la identidad española es la que predomina entre los habitantes del país. Cabe indicar, en cualquier caso, que la marcadamente valenciana se mantiene desde hace tiempo en torno al 10% y en los últimos años ha coincidido con la entrada del principal partido valencianista de izquierdas en los parlamentos valenciano, español y europeo y en el propio gobierno de la actual Generalitat Valenciana. Por otro lado, al mismo tiempo, el grueso de la población, más de la mitad, dice sentirse perfectamente cómoda con ambas identidades, sin desavenencia aparente entre ellas: son tan valencianos como españoles y tan españoles como valencianos.

El pueblo valenciano, pueblo ibérico y de Europa

Sin embargo, aunque no sea percibida, la fricción existe, dado que en la mayor parte de dichos casos la conciencia española es vivida en un primer término, como identidad nacional, mientras que la valenciana queda relegada a una simple concreción regional. En consecuencia, la hegemonía de los elementos vinculados a la nación española hace retroceder y dejar en un espacio totalmente subalterno a los propios de la identidad valenciana, lo que acaba teniendo profundas consecuencias sociales, económicas, políticas y culturales. En este sentido, las actuaciones de los partidos de ámbito estatal y nacional español que gobernaron la Generalitat contemporánea durante sus tres primeras décadas de existencia, a partir de 1982, son una buena muestra de ello. Su supeditación a los intereses proyectados desde Madrid y su falta de preocupación real por los rasgos particulares de la sociedad valenciana acabaron llevando a una situación realmente complicada, que en la actualidad ha hipotecado el futuro de la ciudadanía valenciana. A nivel lingüístico, por poner uno de los tantos casos mesurables, se pueden observar los efectos de dicha sumisión de la identidad valenciana a la española: el porcentaje de usuarios mayoritarios del valenciano en la zona valencianohablante del país ha caído hasta diecinueve puntos, del 50% al ​​31%, en menos de veinticinco años, de 1992 a 2015. Y ello no puede ser simplemente atribuido a la llegada masiva de población inmigrante, ya que en lugares donde las identidades particulares son las hegemónicas por encima de la española, como el País Vasco y Cataluña, los porcentajes de hablantes de la lengua propia hasta han aumentado ligeramente durante el mismo periodo bajo unas circunstancias similares.

Los resultados negativos de la marginación de los intereses vinculados al conjunto del pueblo valenciano han sido evidentes no solo en el aspecto cultural, sino también en muchos otros ámbitos. La desaparición del poder financiero valenciano, con las cajas y los bancos locales absorbidos desde Madrid y Barcelona, ​​es un buen ejemplo de ello en la esfera económica. Si las elites valencianas hubieran estado imbuidas de una fuerte conciencia de valencianidad habrían tratado de mantener dicho sector fundamental para la buena marcha de cualquier sociedad. Lo mismo ha sucedido con las infraestructuras estratégicas, las inversiones estatales y el modelo de financiación autonómica: el corredor mediterráneo se posterga eternamente, la autopista homónima sigue siendo de peaje, la balanza fiscal con el sector público estatal es claramente negativa –de más del 6%– y la Generalitat Valenciana ha recibido en los últimos quince años un promedio de mil millones de euros anuales menos que el resto de las autonomías. En conjunto, la economía valenciana se ha ido hundiendo y, además de su renta per cápita, también el PIB per cápita ha ido cayendo posiciones, hasta llegar a ocupar la undécima posición de las diecisiete comunidades españolas. También a nivel político la falta de valoración de lo propio ha llevado al desprecio y el desprestigio de las instituciones valencianas. Los numerosos casos de corrupción y la despreocupación por la importancia de los cargos ocupados en representación de los valencianos han hecho que hasta el propio autogobierno sea visto con desconfianza por una parte de la población. No en vano, la valoración del espacio político valenciano y el afán por el futuro de los valencianos pasa, en primer término, por una fuerte adhesión a la conciencia colectiva particular, que no es mayoritaria en estos momentos.

En relación con ello, resulta evidente que el fomento de la identidad valenciana y su priorización a la castellano-española que se propugna desde el valencianismo no revertiría de repente la situación ni convertiría el territorio valenciano en una sociedad idílica. Pero probablemente sí que ayudaría a construir una sociedad más digna, cívica y responsable. Como ha indicado Joan Francesc Mira, el nacionalismo valenciano no se reduce a la promoción del uso del valenciano, como a veces se ha pensado, sino que va mucho más allá. Se trata de todo un proyecto de país:
Un projecte de defensa, reforçament i creixement d’aquells béns comuns que configuren l’àmbit de vida de la societat valenciana. El “país” o la “nació”, no en abstracte i com a eslògan, sinó en concret i amb continguts reals, és abans que tot i després de tot el patrimoni comú d’un poble o societat: un patrimoni cultural, fet de llengua pròpia, de literatura, música i teatre, del llegat històric, artístic i monumental, dels espais urbans, de totes les dimensions de la cultura popular; un patrimoni natural que imposa la valoració dels espais físics i geogràfics, del paisatge, de les platges o els boscos, de les condicions físiques de la qualitat de vida; un patrimoni econòmic i social, que implica desenrotllament equilibrat, polítiques econòmiques pensades en termes valencians, defensa del benestar social, i defensa dels serveis públics de qualitat en l’educació, la sanitat o les comunicacions; i un patrimoni polític, que significa demanar i obtenir graus majors d’autogovern efectiu, estendre el “camp valencià” de decisió autònoma, prestigi de les institucions valencianes ‒començant pel govern de la Generalitat, la Presidència i les Corts‒ com a institucions nacionals, cohesió territorial, promoció de la consciència comuna, i tota una acció política pensada en primer lloc com a valenciana.

Las ucronías históricas son simplemente eso, ucronías, pero si los dirigentes valencianos hubieran antepuesto la idea de un País Valenciano fuerte y cohesionado a la del proyecto nacionalista español impulsado desde Madrid, consistente en la desvertebración provincial y una autonomía administrativa sumisa al centralismo, es muy probable que la situación actual y las perspectivas de futuro de la sociedad valenciana no fueran tan adversas. En este sentido, la adhesión y el impulso de la identidad colectiva valenciana no son una simple cuestión cultural, sino un auténtico proyecto de progreso social y mejora de la calidad de vida, en todos los aspectos, para el conjunto de ciudadanos que habitan este trozo de planeta definido territorialmente durante la época bajomedieval. Sus antepasados ​​lo denominaron Reino de Valencia en el siglo XIII y comenzaron a sentirse valencianos a lo largo del XIV. Y dicha identidad, aunque transformada, ha llegado hasta nuestros días: todavía la mayoría de sus pobladores continúan considerándose valencianos. En la actualidad, no obstante, dicha conciencia no comportará de manera efectiva ningún beneficio colectivo, como los generó de manera muy notoria durante la edad media, si no se dota de un componente nacional y de país, acorde a los tiempos contemporáneos. En las manos del conjunto de la ciudadanía valenciana está dar dicho paso. Y la historia juzgará, en un futuro, si aquel pueblo valenciano conformado en época medieval acabó por tomar en el siglo XXI las riendas de su propio destino.


Epíleg d'interpretació historicopolítica afegit a la traducció al castellà d'Els valencians, des de quan són valencians? El llibre sencer en valencià està disponible ací i en castellà ací (amb les notes i referències corresponents, que han sigut eliminades del present text).

dimecres, 22 de març de 2017

Els possibles orígens familiars i territorials de Sibil·la de Déu, la dona que parlava "valencianesch" en 1346

Vista de satèl·lit de les àrees per on es degueren moure el català Pere de Déu, l'aragonesa Maria Peris, 
la seua filla, la valenciana Sibil·la de Déu, i el seu nét, el menorquí Gil de Lozano

Fa temps vaig raonar ací mateix sobre la primera cita que es coneix que indica una manera particular de parlar dels habitants del regne medieval de València referint-se a ella com a "valencianesch", en l'any 1346, la qual és pràcticament coetània a un altre document, de 1341, que diferenciava l'"idiomate rossillionense" parlat per una persona del Rosselló del "modum maioricensem" amb què s'expressava una altra de Mallorca. Sembla, doncs, que un segle després de les conquestes de Mallorca i València per part de Jaume I ja es podien distingir accents particulars i característics de la llengua que s'havia conformat en cada territori amb la repoblació de catalans i aragonesos de diverses procedències. No debades, gràcies als estudis d'Antoni Mas sabem que a Mallorca els colons procedien aclaparadorament de Catalunya (fins al 85%-90% i sobretot de la Catalunya nord-oriental), seguits pels occitans i per molt pocs aragonesos, mentre que gràcies als estudis d'Enric Guinot sabem que a València la presència d'aragonesos fou més important que allà i la de catalans orientals i la de catalans occidentals estigué molt més equilibrada (potser, fent un balanç a l'engròs de les múltiples dades que oferix, unes xifres orientatives per a la zona valencianoparlant del país serien les d'un 70-80% de catalans -tant orientals com occidentals quasi per igual-, un 15-25% d'aragonesos i la resta d'occitans, navarresos i castellans). La llengua resultant, doncs, havia de ser necessàriament distinta en un lloc i en l'altre, i relativament prompte es vinculà aquella forma de parlar pròpia al nom de cadascun dels territoris.

En qualsevol cas, el que m'agradaria tractar ara són les dades biogràfiques de la primera persona de la qual es diu que parla d'una forma valencianesca: Sibil·la de Déu. Com ja vaig explicar, la cita es coneixia des de la dècada de 1980, però el que s'havia dit sobre ella no quadrava molt amb el que sabíem de la història valenciana: es deia que parlava "valencianesch" perquè Sibil·la era d'Oriola, però Oriola s'havia incorporat feia molt poc al Regne de València, per la qual cosa resultava estranya aquella assimilació. Això em dugué a tractar de consultar la font original, però no ho vaig poder fer, atesa la seua conservació a l'Arxiu del Regne de Mallorca, encara que sí que vaig trobar un article que en donava més dades: en realitat, Sibil·la sí que procedia d'Oriola, però es deia que parlava a la valenciana perquè son pare, "Petrus de Deo", s'havia establert anteriorment al territori valencià, una cosa que s'ajustava més a l'evolució històrica del poble valencià (Sibil·la hauria heretat el parlar valencianesc d'una persona instal·lada en el regne amb anterioritat). Tanmateix, poc abans de publicar Els valencians, des de quan són valencians (Afers, 2016), el mateix Antoni Mas tingué la deferència de passar-me un text inèdit en el qual havia emprat referències directes d'aquell document de 1346, en el qual es donaven noves informacions que, tot plegat, vaig explicar en el llibre de la següent forma (p. 131):
Es tracta d'un procés judicial de l'any 1346, en què diversos testimonis, mallorquins i menorquins, declaren sobre Gil de Lozano, un cavaller instal·lat a Menorca després que el seu pare, aragonès, hagués participat en la conquesta de l’illa 60 anys abans. Hi diuen que Gil de Lozano, com son pare, parlava aragonès, però un indica que sa mare, Sibil·la, era natural del regne de València i parlava «valencianesch». En concret, a més a més, Sibil·la era filla d’un altre cavaller anomenat Pere de Déu, establert en el mateix regne de València, però oriünd d’Oriola –quan aquesta pertanyia a Castella. Finalment, un altre testimoni apuntava que Sibil·la, per la seua pronúncia -«in prolacione idiomatis sui»-, era del regne de València, ja que parlava a la manera de les gents d’aquell territori -«ad modum dicti regni loquebatur ydioma suum».
Segons estes noves informacions, doncs, el pare de Sibil·la, Pere de Déu, també era oriünd d'Oriola, però alhora s'hi explicava clarament que el fet pel qual es deia que ella parlava "valencianesch" no era per ser d'Oriola, sinó perquè s'expressava "ad modum dicti regni", és a dir, que parlava com els habitants del Regne de València. En qualsevol cas, em vaig continuar quedant amb la remoreta de la seua història, de Sibil·la i de son pare, i ara que estic preparant la traducció al castellà d'Els valencians, des de quan són valencians? -que eixirà en Llibres de la Drassana- m'he decidit a tractar de buscar els seus orígens... I he trobat alguns indicis més que interessants sobre la seua possible història familiar que explicarien que Sibil·la, en efecte, tinguera un accent valencià perfectament reconeixible pels mallorquins i menorquins de mitjan segle XIV. 


Església del Salvador i Santa Maria d'Oriola, actual cocatedral, construïda inicialment entre els segles XIII i XIV

En primer lloc, pel que fa al pare de Sibil·la, el cavaller "Petrus de Deo" del procés de 1346, diversos documents de les dècades de 1280, 1290 i 1300 el situen, d'una banda, al servei de Pere el Gran, Alfons el Liberal i Jaume II consecutivament, però també de Sanç IV de Castella, i instal·lat precisament a Oriola. El primer d'ells és de maig de 1282 (doc. 412), quan, de València estant, Pere el Gran envia un missatger que ja havia rebut de l'infant Sanç de Castella -llavors en guerra amb son pare, Alfons X el Savi, i aliat, per tant, amb el monarca aragonés- per tal de parlar de la possible cessió de la vila de Requena i d'un possible auxili militar. El missatger era "Petrus de Deo", qui, en conseqüència, sembla que feia d'enllaç entre el rei aragonés i el príncep castellà. En qualsevol cas, quatre anys més tard el trobem a les ordes del successor de Pere el Gran, Alfons el Liberal, amb la missió en la primavera de 1286 d'anar a visitar a l'emir de Marroc Abu Yusuf, una ambaixada que finalment quedà cancel·lada per la mort del soldà musulmà en aquells precisos moments (docs. 2467, 2468, 2470 i 2473). Tres anys més tard, a començaments de 1289, "Petrus de Deo" era nomenat pel mateix Alfons el Liberal com a procurador reial o governador de l'illa de Menorca, que acabava de ser conquerida, mitjançant una carta en què apareixia com a "dilectum militum nostrum", és a dir, segurament un dels cavallers més propers a la cort reial. I a l'illa estigué almenys fins a 1291, la qual cosa explicaria que, com a màxima autoritat de l'illa, hi conservara terres i la seua filla acabara casant-se amb un altre cavaller instal·lat a Menorca. 

Abans, però, trobem a "Petrum de Deo" i la seua esposa -després explicarem coses d'ella- venent una pensió vitalícia de 1.000 sous sobre les rendes de la moreria de València que havien rebut de la Corona abans de juliol de 1295 -quan la mateixa Corona confirmà l'esmentada venda-. ¿Vol dir això que llavors, en algun moment anterior a 1295, "de Deo" i la seua esposa s'instal·laren a València i reberen aquella pensió reial sobre la moreria de la ciutat? Realment no era necessari que estigueren a la capital valenciana per a ser-ne beneficiaris, però de vegades sí que era habitual destinar les rendes de determinats llocs a persones que es movien en el seu entorn. És perfectament, doncs, una possibilitat. En tot cas, entorn de 1295 vengueren la pensió i potser llavors o poc abans sembla que "Petrus de Deo" es desplaça cap a Oriola, fins i tot abans de la conquesta de Jaume II en 1296. Ho sabem perquè el mateix Sanç IV de Castella amb qui havia tractat una dècada abans -i que morí en 1295- li féu una importantíssima donació a la vila i el terme oriolà: les terres i cases que la mare del mateix monarca, Violant d'Aragó, hi tenia, que "de Deo" rebria quan aquella morira -cosa que succeí, en efecte, en 1303-. Per tant, potser aprofità les relacions prèvies amb la monarquia castellana per a instal·lar-se a Oriola i després, quan fou conquerida per Jaume II, aprofità igualment els seus bons serveis a la monarquia aragonesa per tal de continuar a la zona. De fet, s'hi troben documents oriolans relatius a ell des de 1296 fins a 1308, quan era un dels principals cavallers de la localitat i exercia com a nunci del Consell municipal davant del monarca aragonés per tal de negociar la seua incorporació als Furs de València. 

A partir d'ací, però, en perdem la pista... El que sembla quedar clar, en tot cas, és que, "Petrus de Deo" no era "oriünd d'Oriola" en el sentit de "nascut a Oriola", ja que pareix que s'hi instal·là en la dècada de 1290. Per tant, quan en 1346 deien que era "oriundus de Oriola" probablement volien dir que procedia d'Oriola, que és el lloc on s'havia establert, la família tenia un bon patrimoni i havia destacat com a membre de la comunitat. On devia haver nascut "Petrus de Deo"? La veritat és que no ho sabem i l'hem citat constantment amb el seu nom en llatí perquè tots els documents que hem consultat amb referències a ell són en llatí i no indiquen la seua procedència poblacional. És un nom de connotació religiosa general que igual podria ser català, Pere de Déu, que aragonés o castellà, Pedro de Dios. Ara bé, Maria Teresa Ferrer i Mallol, que controlava com ningú la documentació de la zona oriolana i solia ser molt estricta a l'hora de diferenciar els catalans dels aragonesos i els castellans, el considera invariablement català: Pere de Déu. Així mateix, en un dels documents de la seua estada menorquina s'apunta que "Ferrandum Morelii" era el seu "nepos" -el seu nebot- i eixe nom segurament es correspon amb Ferran Morell, d'origen probablement català atés el seu cognom, que se sol fer provindre de la població del Morell, en la comarca del Tarragonés. I justament a uns 40 quilòmetres del Morell hi ha Falset, Porrera i Prades, on entre finals del segle XII i començaments del XIII un tal Pere de Déu fou un personatge important. En concret, per encàrrec d'Alfons el Cast fou el senyor que s'encarregà de repoblar Falset en 1168 i la vall de Porrera en 1180, on encara operava en 1203, i fou també batlle reial de Prades

Podria ser, per tant, que el cavaller Pere de Déu que veiem actuar a partir de 1282 -i que tal vegada havia nascut durant la dècada de 1250- fóra descendent d'aquell Pere de Déu que tenia dos senyories al Priorat, just en la línia on comença el català occidental a la zona. No tenim documents que els connecten, però, si més no, ambdós tenen el mateix nom, eren cavallers i estaven al servei directe dels monarques, a banda que el segon Pere de Déu tenia un familiar amb un cognom toponímic d'una comarca molt propera als llocs esmentats. En conseqüència, sembla que realment és una possibilitat factible que el Pere de Déu que acabà instal·lant-se a Oriola en la dècada de 1290 tinguera arrels al Priorat, en una àrea de parlar catalanooccidental. Però no només això, sinó que, pel que sabem, sembla que la dona de Pere de Déu era aragonesa, ja que en l'únic document que coneixem en què apareix citada -aquella venda anterior a 1295 de la pensió reial sobre les rendes de la moreria de València- és anomenada expressament com a "Maria Peris", és a dir, una valencianització del cognom Pérez, d'origen aragonés o castellà (com passava també amb Llopis, Eiximenis o Sanchis, que eren valencianitzacions de López, Ximénez, Sánchez, etc.). En este cas concret, el més probable és que fóra aragonesa, atesa la major presència d'aragonesos que de castellans en el regne. Així doncs, si bé el pare de Sibil·la, Pere de Déu, era tal vegada parlant catalanoocidental, sembla que sa mare, Maria Peris, parlaria castellanoaragonés. I és ben possible, a més a més, que Sibil·la cresquera i residira a Oriola, com deien els testimonis de 1346, que, a banda de dir que era "naturalis regni Valencia", també la feien procedir de "partibus Murcie" (un nom genèric que rebé la zona oriolana fins a ben entrat el segle XIV, atesa la seua pertinença territorial anterior al Regne de Múrcia). 

En concret, per les referències del procés judicial sabem que el fill de Sibil·la de Déu, Gil de Lozano, tenia poc més de 40 anys en 1346, de manera que degué haver nascut a començaments del segle XIV, entorn de 1305. És possible, doncs, que Sibil·la haguera nascut en la dècada de 1280 i que haguera començat a residir a Oriola com a mínim des de la dècada de 1290, quan potser era una xiqueta a punt d'entrar en la pubertat, i hi residiria almenys una desena d'anys, fins a principis del mateix segle XIV. Cal dir, d'altra banda, que segons els estudis antroponímics fets per Juan Torres i per Santiago Ponsoda, Oriola era una vila on ja des de l'expedició que havia fet Jaume I en 1266 en favor de la Corona castellana la presència de gents de procedència catalana era molt forta, de fins al 40%, per un 30% d'aragonesos i navarresos i un 30% de castellans, per la qual cosa el català que hi parlarien molts -fins a ser majoria poblacional a partir de la conquesta de 1296- tindria fortes influències occidentals. Així doncs, si tot el que hem plantejat fóra cert -que és molt suposar, però si més no és una hipòtesi raonable amb els documents amb els quals comptem ara per ara-, el resultat seria el següent: el cavaller Pére de Déu, amb arrels familiars al Priorat, en zona de catalanoparlants occidentals, hauria servit a Pere el Gran i Alfons el Liberal durant les dècades de 1280 i 1290 en la zona fronterera castellanovalenciana, com a diplomàtic mediterrani i com un dels primers governadors de l'illa de Menorca; a continuació, casat amb l'aragonesa o castellana María Perez (Maria Peris), tal vegada a València, i després d'haver venut una pensió que havien rebut sobre la moreria de la mateixa ciutat, es traslladaren a l'Oriola castellana, gràcies a les bones relacions del cavaller amb Sanç IV de Castella; en aquella època la seua filla Sibil·la potser tenia uns 8-10 anys i cresqué a l'Oriola ja conquerida per la Corona d'Aragó en 1296, fins al seu casament a començaments del segle XIV amb el cavaller aragonés amb possessions a Menorca amb qui tindria com a fill a Gil de Lozano; de fet, Sibil·la s'acabaria traslladant a Menorca, on alguns residents locals la conegueren i explicaren en 1346 que era natural del Regne de València, de les parts murcianes, que son pare provenia d'Oriola i que ella parlava "valencianesc", com les gents del territori valencià.

Si els que hem comentat eren els orígens familiars i territorials de Sibil·la de Déu era normal, doncs, que s'identificara el seu parlar com a valencià, atesa la composició poblacional que hem explicat al principi. Sembla lògic que en un territori en què hi havia moltes zones -posem un cas hipotètic- en què les proporcions poblacionals podien ser de l'orde d'un 40% de catalans orientals i occitans, un 40% de catalans occidentals i un 20% d'aragonesos, navarresos i castellans s'acabara parlant un català de clars trets occidentals, que va doner origen al parlar valencià. I eixe era també el cas personal de Sibil·la de Déu, ja que, segons sembla, son pare era d'orígens catalanooccidentals, d'una comarca a l'oest de Tarragona, i sa mare era possiblement aragonesa, alhora que ella cresqué potser primer en la ciutat de València i després en una Oriola on la barreja de catalans, aragonesos, castellans i navarresos era molt equilibrada. Continuarem, en qualsevol cas, buscant documents sobre la família de Sibil·la, son pare Pere de Déu i sa mare Maria Peris, i sobre la seua trajectòria en el context de les primeres generacions de pobladors catalans i aragonesos del regne medieval de València que a mitjan segle XIV acabaren conformant una identitat diferencial, la valenciana, vinculada al seu propi territori i a la seua pròpia història. Qualsevol informació addicional, evidentment, serà benvinguda!     

"Suam matrem dicti Egidii filli que loquebatur valencianesch" (Sa mare, del dit Gil, fill, que parlava valencianesc).
Primer esment al mode de parlar valencià, conservat en l'Arxiu del Regne de Mallorca, AH 5537, f. 220v. Imatge cortesia d'Antoni Mas i Forners.

dimecres, 8 de març de 2017

Que perda el dogma (Vicent Molins)

Royal Pavilion de Jordi IV a Brighton, construït a Brighton entre 1787 i 1822

El rei anglés Jordi IV va practicar un atroç exercici d'exotisme durant el seu regnat. Iconoclasta, enemic de les convencions, de l'estil homogeni. Dur contra la intranscendència, horroritzat davant la mediocritat estilística dels monarques coetanis. A la ciutat costanera de Brighton va fer construir un imponent palau com nascut de l'Orient, ple de cúpules de fantasia. Semblen a punt de despuntar d'un moment a l'altre les catifes voladores. L'estil, inclassificable. Els seus interiors, un laberint de salons de colors esclatant, una reguera de figures de dracs, cacatues, plomes tropicals. Un viatge palatí imprevist per mons irreconeixibles fins llavors. Al saló principal, a Jordi IV li agradava celebrar banquets inoblidables amb preses gegants, peixos sorprenents. Prop de 25 entrants, 30 principals i 20 postres componien un sopar qualsevol amb una altesa. Quin mal de panxa, col·lega. 

La ciutat de Brighton, plaent com poques, a la calor del microclima i amb eixe puntet hedonista de les urbs daurades i de platja, va muntar un rebombori en canviar d'època. El palau exòtic, el Pavilion, era oficialment un monument del desenfré, la constatació d'un rei passant-se de frenada. Havia d'enderrocar-se, opinaren molts. Havia de conservar-se, van mantindre altres tants. No convenia mantindre amb vida la representació d'una caricatura aliena a la moral, deien aquells. No convenia desaprofitar el que ja estava construït, digueren altres. Solució? Es votaria en referèndum. 

Les dos parts es van mobilitzar brandant els seus arguments. La ciutat que temps després seria bressol de la modernitat anglesa i la llibertat sexual es va dividir en una fratricida polèmica patrimonial. Un funcionari municipal va canalitzar els partidaris de mantindre el Pavilion amb vida. Ho va fer amb una mena de premonició: l'estranyesa del palau, el seu exotisme sense paragó, podria arribar a ser la millor carta de presentació. Els visitants acabarien viatjant a Brighton per veure aquell fenomen arquitectònic alié a qualsevol dogma. Tenia raó. Per 12 vots (3.147 contra 3.135) van guanyar els partidaris del yes al Pavilion de Jordi IV. La marca ciutat de Brighton porta incorporades les cúpules del monument com a logo i aquella construcció plena de rareses és el seu emblema municipal. El temps a vegades depara enormes sorpreses. 

I per què dimonis vos explique esta historieta...?


La cremà de les Falles de València

Perquè em sembla una bella lliçó de com una ciutat és capaç de discutir fins i tot les seues aparents tares. De com el debat es torna un instrument higiènic i no un sudoku impossible. I sí, també de com es fa servir ingeni per a restituir el que aparentment és una calamitat i ja no servia. Seria un error creure que les Falles són una destinació en si mateixes, un circuit de retroalimentació que comença i acaba en estes. Són -o això crec- un lluent exercici de fer ciutat. Això és, de transmetre-la, de canviar-la i replantejar-la. Un fet d'indiscutible impacte urbà. Un imparable mecanisme de (re)construcció d'urbs.

Per això, la responsabilitat fallera és tant i el seu poder és alt. Per això, ha de ser altaveu i transmissió de tots aquells que li servixen de context. Per això, la discussió entorn de les Falles és la discussió sobre la mateixa València. Per això, de la capacitat per a contagiar nous públics dependrà en part la virtut de València com a ciutat de benvinguda. Per això, que es dispare el debat al voltant de les Falles, la seua cohabitació i les seues formes, acabarà sent una conversa higiènica de València amb si mateixa. Per això, la integració de plantejaments i estils variats entre les falles plantades, en lloc d'un cisma entre rarets versus el dogma, parlarà de la ciutat on caben moltes Valències i totes tenen bona química entre si.

S'han d'obrir les comportes, allunyar els temors, que brote l'humor salvatgement i rebrote la capacitat de riure'ns de nosaltres mateixos, no sols com una manera de costumisme i dolça complaença, sinó com un ampli crit de llibertat. Profecia: seran això les Falles. La València que es debat més enllà dels seus propis dogmes serà la més saludable i fresca.

"Que perda el dogma", text publicat per Vicent Molins en València, Ca la Trava. Llibret de la falla municipal 2017Ajuntament de València, València, 2017, p. 51-55. Descàrrega del llibret sencer a través de l'aplicació gratuïta Llibrets Falla/Festes València.

dilluns, 6 de març de 2017

La perseverança d'una ciutat bimil·lenària

València, ca la Trava, falla municipal de l'any 2017.
Autoria: Manolo García

Enguany, després de vora 30 anys sense que hi haguera llibret per a la falla municipal de València, en torna a haver-hi. Hi inclou la memòria, l'explicació i relació de la falla, dedicada a les traves que ha patit la ciutat de València representades en la torre de telecomunicacions mai no realitzada de Calatrava, i diversos articles que reflexionen sobre la qüestió: "El poder (quasi revolucionari) de la temuda sàtira", del periodista Joan Castelló, que fa un repàs als temes de les falles municipals des de la seua primera plantà en 1942; "Al tomb i més" La plantà de les Falles de la Humanitat", de l'historiador de l'art Iván Esbrí, sobre la tradició de plantar els monuments al tomb; "Que perda el dogma", del comunicador Vicent Molins, sobre la necessitat de debatre sobre la festa fallera sense pors ni complaença, i "La perseverança d'una ciutat bimil·lenària", que és el text que vos transcric a continuació. El llibret, de 64 pàgines i en format 21x21 cm, es podrà aconseguir de manera gratuïta en molts llocs que s'anunciaran en Festes de València i també es pot descarregar digitalment en l'aplicació Llibrets Falla/Festes València. Espere que el disfruteu!


L'alqueria del So Quelo, falla municipal de València l'any 1943.
Autoria: Carlos Cortina i Regino Mas, amb disseny de Xavier Goerlich. 
Foto Finezas, de la col·lecció Josep J. Coll

Qui decidí la ubicació de la ciutat de València ara fa 2.155 anys potser no l’encertà del tot. Sí, era el que els romans buscaven en el seu afany de colonitzar i dominar la península Ibèrica: a pocs quilòmetres del litoral, al costat d’un riu navegable i de la Via Heraclea, ben abastida d’aigua dolça, amb terres fèrtils per al cultiu i estratègicament situada a mitjan camí entre dos grans nuclis ibers, Edeta i Saiti, i els dos principals assentaments romans de la costa mediterrània, Tarraco i Cartago Nova. Ara bé, la xicoteta illa fluvial sobre la qual s’assentava parava molt a prop d’un riu Tyris massa aficionat als desbordaments, amb el consegüent risc d’inundacions, que no tardaren a fer acte de presència. Primera trava fundacional i considerable: pràcticament totes les generacions de valentins han conegut el furor destructor d’alguna riuada fins a 1957.

Valentia, sens dubte, fou un bon nom per als primers audaços que la poblaren. Però no quedà la cosa en simples amenaces fluvials, sinó que a penes unes dècades després de la seua fundació la ciutat fou completament arrasada pels partidaris de Pompeu i no renasqué fins a època d’August. També durant el segle III fou atacada pels pobles germànics i en època dels visigots arribà a tal decaïment que els andalusins no pogueren anomenar-la d’una altra manera que Madinat al-Turab, la "ciutat de la terra" o "de la pols"Els patiments i les dificultats, de fet, s’hi anaren succeint al llarg de la història: els setges de Ferran I de Lleó, Rodrigo Díaz de Vivar i Jaume I d’Aragó, els saqueigs de la jueria i la moreria, les guerres de la Unió, l’Interregne, les Germanies, de Successió, el Francés i la d’Espanya, les lapidacions, cremacions, escapçaments, penjaments, afusellaments, assassinats, deportacions, exilis, empresonaments i persecucions de tot tipus per tota classe de diferències religioses, polítiques i ideològiques.  

Unes traves i uns obstacles, a més a més, que els habitants de la ciutat tractaren d’oblidar ràpidament, cremant etapes i amagant el seu propi passat. No debades València és una de les ciutats que menys vestigis conserva de la seua herència romana, visigòtica i andalusina. No debades s’hi han destruït cases, palaus, esglésies, convents, muralles, monuments i carrers sense cap mirament. No debades s’hi ha tractat de complaure massa sovint el poder alié i s’ha acatxat el cap molt fàcilment davant les decisions que venien de fora, encara que això comportara actuar contra els interessos de bona part de la seua població i dels municipis fraterns que la tenien com a líder. No debades s’hi han llançat al fem desenes de projectes mai no realitzats que ningú no recorda. Però, malgrat tot, ací estem. Ací està València, dos mil·lennis, un segle i onze lustres després, una de les cent cinquanta ciutats més antigues del planeta. Ni moltes altres fundacions de la seua època, que han anat desapareixent, ni per exemple Berlín, Madrid, Moscou, Mèxic, Tokio o Nova York poden presumir de tanta longevitat. Per alguna raó serà.

I és que València, tot i els canvis radicals, ha mantingut la seua ubicació, la seua materialitat i la seua consciència pròpia, ben ferma i orgullosa. Com en les Falles, no han importat tant els monuments com la perseverança en una idea, la d’habitar, en este cas, un mateix tros de terra i anomenar-lo València. Diversos factors han afavorit eixa tenacitat, com ara la mediterraneïtat, la vocació d’obrir-se al món i a la humanitat a través de la mar propera. Però també, des de fa més de mil anys, la construcció d’un complex sistema de captacions d’aigua fluvial –també l’encertaren, assentant-se al costat del Túria– que donà lloc a un dels espais agrícoles tradicionals, l’Horta, més productius i fèrtils del món. I, igualment, la capitalitat sobre un territori molt més ampli que el de la ciutat estricta, ja fóra l’ager valentinus, la diòcesi d’època visigòtica, la taifa andalusina o, encara amb més intensitat, el regne fundat per Jaume I en 1238. Tots eixos factors han coadjuvat a la pertinaç voluntat de ser i d’existir de la ciutat de València, fins a convertir-la en una de les cinquanta urbs més poblades del continent europeu.

Amb la combinació de tots eixos elements, a més a més, s’han conformat grans Valències que han aspirat a la felicitat plena i han suscitat personatges irrepetibles. Versions originals d’una mateixa ciutat en què les quadrigues cavalcaven per l’actual carrer de la Pau, les nits s’omplien de poesia aràbiga recitada al so dels llaüts, s’erigien meravellosos temples celestials dedicats al comerç, el so dels telers dels velluters marcava el ritme metropolità, s’impulsaven amb fervor els portents de la vida moderna, s’alçaven exquisits edificis de línies harmonioses i els carrers s’omplien de l’alegria quotidiana de viure. Eixes Valències, molt diferents però totes una, també han acollit o han vist nàixer prínceps omeies com Abd-Al·lah al Balansí, reis conqueridors com Pere el Gran, predicadors de fama europea com Vicent Ferrer, l’autor de la millor novel·la del segle XV, Joanot Martorell, papes de Roma com Alexandre VI, humanistes de primer ordre com Joan Lluís Vives, impressores d’alta cultura com Jerònima Galés, arquitectes d’estil propi com Rafael Guastavino, pintors d’èxit mundial com Joaquim Sorolla, escriptors immortals com Vicent Blasco Ibáñez o sopranos de renom internacional com Lucrècia Bori.

Una ciutat de prodigis que també ha sabut conservar, com ninots indultats, alguns dels seus monuments més notables, que ha preservat, amb il·lusió, moltes de les seues tradicions, que ha venerat, amb passió, molts dels seus fills il·lustres i que s’ha fet un lloc, amb laboriositat i constància, en la gran història de la humanitat. Una ciutat que fins al moment ha superat totes les seues traves i defectes, gràcies a la faena incansable de tants i tants dels seus habitants que durant desenes i desenes de generacions han treballat de valent per alçar-la i disfrutar-la una i una altra vegada. Com els fallers han fet i fan amb les Falles. Com tant de bo esperem que continue passant d’ací a uns altres 2.155 anys.

"La perseverança d'una ciutat bimil·lenària", text publicat per Vicent Baydal en València, Ca la Trava. Llibret de la falla municipal 2017, Ajuntament de València, València, pp. 57-63. 

divendres, 27 de gener de 2017

Quan les Falles arribaven a Tarragona (Imatges)

Ara fa dos anys vaig publicar un article en Levante-El Mercantil Valenciano sobre una història realment desconeguda: la de les Falles que es van plantar a Tarragona entre 1933 i 1936, en principi per iniciativa d'una colònia de ferroviaris valencians però que podrien haver quallat com a festa local -l'Ajuntament s'hi implicà de ple, programant tota una sèrie d'actes festius, i arribaren a aparéixer fins a sis comissions a la ciutat-, si no haguera estat per l'arribada de la Guerra Civil, que truncà per complet aquella nova fita del calendari local tarragoní. De fet, prompte s'ideà una adaptació per tal de diferenciar-se de les Falles, que es consideraven pròpies de València, i es propugnà el nom de Pires Romanes, amb monuments que recordaven el passat clàssic de la ciutat i que podrien haver significat la connexió festiva i mediterrània entre les Fogueres de Sant Joan d'Alacant, les Falles de Sant Josep de València, les Gaiates de la Magdalena de Castelló de la Plana i les Pires de Sant Joan de Tarragona.

L'article, "Cuando las Fallas llegaban a Tarragona", només el poden llegir els subscriptors del diari, però també el podeu trobar, en versió valenciana i entre moltes altres històries, en el llibre València no s'acaba mai, que acabe de publicar fa poc més d'un mes. El que no podreu trobar ni en un lloc ni en un altre, sinó a penes una part ínfima, és tot el material gràfic que vaig recopilar mentre m'informava sobre la qüestió i voldria aprofitar el blog per a donar a conéixer bona part d'ell. Especialment ara que Pau Llorca, gran expert en el tabalet i la dolçaina (ací el seu blog) i nét d'un dels artistes fallers que va participar en les Pires tarragonines de 1934, 1935 i 1936, Antoni (Tonico) Llorca, m'ha fet arribar una sèrie de fotografies del procés de construcció dels monuments i de les falles ja plantades. A més a més, hi incloc altres fotos publicades en fòrums i pàgines sobre la història de Tarragona i imatges provinents de la cartelleria i els programes de festes que es van editar per a l'ocasió. Espere que les disfruteu!


Programa oficial de les Grans Festes Falleres de Tarragona en 1933

Primer pàgina del programa oficial de les Festes Falleres organitzades per la Colònia Valenciana en Tarragona en 1933

Portada del Diari de Tarragona el dia de Sant Joan de 1933, amb l'esbòs i l'explicació de la falla de la Rambla 14 d'abril i unes "Notes falleres"

Portada del Llibret de la falla de la Rambla 14 d'abril, l'única que es va plantar a Tarragona en 1933

Esbòs de la falla de la Rambla 14 d'abril Tarragona en 1933, dedicada a l'Estació Central de trens, que mai arribava


Falla de la Rambla 14 d'abril de Tarragona en 1933 (La signà: Adolf Ariño) (Arxiu Antònia Sugrañes Prats)

Falla de la Rambla 14 d'abril de Tarragona en 1933, amb uns hòmens i una xiqueta posant davant d'ella

Falla de la Rambla 14 d'abril de Tarragona en 1933, per la part de darrere (Arxiu Rafael Vidal Ragazzon)

Falla de la Rambla 14 d'abril de Tarragona en 1933, per la nit (Arxiu Rafael Vidal Ragazzon)

Falleres majors i d'honor de Tarragona en 1933

Primera Fallera major de Tarragona en 1933, Antonieta Bonachí i Bonachí (Arxiu Magí Benito Cabré)

Cavalcada a Tarragona en 1933, amb la Fallera d'honor valenciana, amb la senyera de València al capdavant


Anunci d'una xurreria a Tarragona per les Falles de 1933



Cartell de les festes de Falles de Tarragona de 1934

Portada del programa oficial de les Falles de Tarragona de 1934

Capçalera en el programa oficial de les Falles de Tarragona de 1934

Segell sobre les festes de Falles de Tarragona en 1934

Esbòs de la falla de la Plaça de Corsini de 1934 sobre les trifulgues en la Comissió Fallera (La signà: Adolf Ariño)

Esbòs de la falla de la Plaça Prim de 1934 sobre l'escudella catalana

Falla de la Plaça Prim de 1934 sobre l'escudella catalana (La signà: Adolf Ariño)

Esbòs de la falla de la Rambla 14 d'abril, de 1934, sobre l'època romana

Falla de la Rambla 14 d'abril, de 1934, sobre l'època romana (La signà: Adolf Ariño) (Arxiu Rafael Vidal Ragazzon)

Esbòs de la falla de la Comissió del Port de 1934 sobre les llibertats

Falla de la Comissió del Port de 1934 sobre les llibertats (La signaren: Francesc Canet i Rafel Raga)

Falla de la Comissió del Port de 1934 sobre les llibertats (La signaren: Francesc Canet i Rafel Raga)

Falla de la Comissió del Port de 1934 sobre les llibertats (Foto pertanyent a Llorca, feta per H. Vallvé)

Falla de la Comissió del Port de 1934 sobre les llibertats (Foto pertanyent a Llorca, feta per H. Vallvé)

Falla de la Comissió del Port de 1934 sobre les llibertats (Foto pertanyent a Llorca, feta per H. Vallvé)

Falla de la Comissió del Port de 1934 sobre les llibertats (Foto pertanyent a Llorca, feta per H. Vallvé)

Falla de la Comissió del Port de 1934 sobre les llibertats (Foto pertanyent a Llorca, feta per H. Vallvé)

Excursió marítima per les costes de Tarragona dels treballadors d'un taller faller en juny de 1934 (Foto pertanyent a Llorca)

Excursió marítima per les costes de Tarragona dels treballadors d'un taller faller en juny de 1934 (Foto pertanyent a Llorca)

Marxa fallera creada per la tarragonina Consol Güel per al festival de cors que es va celebrar en les Falles de Tarragona de 1934. La tornada era: "Amunt fallers, amunt! Cercant el triomf cantem i tot cantant, cantant, l'ideal assolirem, fent-ho així amb gran anhel, tot triomfant, a Tarragona enaltirem"

Fallera major 'jovenívola' de Tarragona en 1934, Assumpció Caballé, i dos de les seues dames d'honor

Falleres de la Comissió del Port en 1934

Les autoritats opinant sobre les Falles de Tarragona en 1934



Programa de mà de les festes de Falles de Tarragona de 1935 

Portada del llibret de la falla de la Plaça de Prim en 1935 sobre la companyia Telefónica (Arxiu Rafael Vidal Ragazzon)

 Falla de la Plaça de Prim en 1935 sobre la companyia Telefónica (La signà: Adolf Ariño) 

"Pira" de la Rambla 14 d'abril, de 1935, sobre la llegenda del Pont del Diable (Arxiu Rafael Vidal Ragazzon)

"Pira" de la Rambla 14 d'abril, de 1935, sobre la llegenda del Pont del Diable

"Pira" de la Rambla 14 d'abril, de 1935, sobre la llegenda del Pont del Diable (La signà: Adolf Ariño) (Arxiu Rafael Vidal Ragazzon)

Portada del llibret de la falla de la Plaça del President Macià en 1935 sobre els esports en època romana

Falla o "pira" de la Plaça del President Macià en 1935 sobre els esports en època romana (La signaren: Francesc Raga i Rafel Canet)

Falla o "pira" de la Plaça del President Macià en 1935 sobre els esports en època romana; la deessa Minerva caigué durant el procés de muntatge (Foto pertanyent a Llorca, feta per Chinchilla)

Deessa Minerva en el taller de Canet i Raga, en el qual també devia treballar Llorca en 1935 (Foto pertanyent a Llorca)

Antoni Llorca (a la dreta, amb ulleres) i un altre treballador del taller faller en 1935 (Foto pertanyent a Llorca)

Taller faller en Tarragona, possiblement en 1935 (Foto pertanyent a Llorca)

Taller faller en Tarragona, possiblement en 1935 (Foto pertanyent a Llorca, que és el de l'esquerra)

Treballadors d'un taller faller en Tarragona, possiblement en 1935 (Foto pertanyent a Llorca)

Taller faller en Tarragona, possiblement en 1935 (Foto pertanyent a Llorca)

Taller faller en Tarragona, possiblement en 1935 (Foto pertanyent a Llorca)

Taller faller en Tarragona, possiblement en 1935 (Foto pertanyent a Llorca, que és el de l'esquerra)

Taller faller en Tarragona, possiblement en 1935 (Foto pertanyent a Llorca, que és el de l'esquerra)

Taller faller en Tarragona, possiblement en 1935 (Foto pertanyent a Llorca)

Taller faller en Tarragona, possiblement en 1935 (Foto pertanyent a Llorca)

Foto del Port de Tarragona, amb una anotació manuscrita d'Antoni Llorca amb els cognoms dels treballadors del seu taller faller en 1935



Portada del programa oficial de les Falles de Tarragona de 1936

Primera pàgina del programa de festes de les Falles de Tarragona de 1936

Notícia sobre la festa de les "Pires de juny" de Tarragona en 1936, amb una foto de la falla o "pira" de la Rambla 14 d'abril sobre l'època romana (La signaren: Llorca-Archelós)

Falla o "pira" del Port de 1934 sobre la feminitat (La signaren: Llorca-Archelós) (Arxiu Rafael Vidal Ragazzon)

Portada del llibret de la falla de la Plaça de Prim de 1936

Falla de la Plaça de Prim de 1936 d'inspiració fantàstica 
(La signaren: Folch i Ribas, els primers mestres fallers tarragonins) (Arxiu Cio Munté, foto feta per Millan)

Falla de la Plaça de Prim de 1936 d'inspiració fantàstica 
(La signaren: Folch i Ribas, els primers mestres fallers tarragonins)