dilluns, 24 d’abril de 2017

De la identidad valenciana al valencianismo

¿Los valencianos, desde cuándo son valencianos? (Vicent Baydal, Llibres de la Drassana, 2017, 17,95 euros)

Los valencianos, por mucho que se empeñen algunos, no son españoles desde tiempos inmemoriales. Como desde mediados del siglo XIV siguen siendo valencianos, aunque con otros valores adaptados a la contemporaneidad. No en vano, hasta el 84% de la población valenciana declaraba en el último Barómetro autonómico realizado, del año 2012, participar de dicha identidad: con mayor o menor intensidad, todos ellos se sentían valencianos. De hecho, la valenciana ha sido la conciencia colectiva que durante más tiempo ha acompañado a la mayoría de los habitantes del territorio valenciano, cuya actual configuración es heredera directa del Reino de Valencia conformado entre 1238 y 1304 –con la pérdida de Caudete en 1707 y los añadidos interiores de Villena y la Plana de Utiel entre 1836 y 1853–. Como hemos visto, los sentimientos identitarios son históricamente permeables, pero a partir del siglo XV la conciencia colectiva que se afirmó más poderosamente entre los pobladores del territorio valenciano fue precisamente la valenciana. Así lo han demostrado los meticulosos estudios de Antoni Ferrando y Agustín Rubio Vela y, en efecto, sabemos que el sentimiento propio se fue consolidando entre los valencianos frente al resto de comunidades territoriales que los rodeaban.

Por ejemplo, durante el interregno de 1410-1412 los gobernantes de la ciudad de Valencia hicieron diversas llamadas a “extirpar los castellans” y las “gents d’armes de nació castellana” que habían entrado en la Corona de Aragón, una rivalidad que ya se había presentado de manera firme durante la anterior guerra contra Castilla de 1356 a 1369. Al mismo tiempo, también en el interregno, los representantes del Parlamento valenciano volvieron a reivindicar su paridad con los catalanes y con los aragoneses: “han tanta autoritat e potestat com han lo regne d’Aragó per si e lo Principat de Cathalunya per si, e la hu no n’i ha més que l’altre”. Incluso dicho fortalecimiento de la afirmación identitaria llegó, como es sabido, a modificar la denominación de la lengua hablada mayoritariamente por los valencianos, que desde finales del Cuatrocientos dejó de recibir indistintamente el nombre de “catalán” y “valenciano” para pasar a designarse en exclusiva con el segundo de aquellos nombres. Así, a lo largo de los siglos modernos se consolidó el uso del término “llengua valenciana”, mientras que las formas del catalán medieval pasaron a recibir el nombre de “llemosí”, que indicaba la unidad de origen y estructura de la lengua hablada por catalanes, valencianos y baleares.

Durante esta misma época, cuando la Corona de Aragón se incorporó a la Monarquía Hispánica junto a Castilla y otros territorios europeos y americanos, la identidad colectiva valenciana continuó intensificándose y diferenciándose plenamente del resto. Así, en 1599 el sacerdote valentino Pere Joan Porcar calificó a los castellanos del cortejo real de “bruta gent”, por haber causado la muerte por inhalación de gases pútridos de dos hombres que intentaban limpiar la “sucietat y bacins” que aquellos habían dejado en el pozo ciego de una casa de Valencia donde se habían hospedado: “en totes les cases que estos grans dels castellans s’han aposentat han fet lo mateix dels pous, y tots los aposientos han emmerdat, y tot ho han derruït y casi fins a tots los panys de les portes han arrancat”. Medio siglo más tarde el franciscano dianense Pere Esteve arengaba los valencianos, “de lleal fama”, en su lucha por defender el norte valenciano contra los catalanes sublevados en la guerra de los Segadores y contra los franceses que les auxiliaban militarmente: “bé serà que es diga lo valor i hassanya de la mia gent, que és la valenciana; dels de Vinaròs, de Rossell i la Plana, que és just per lo món córrega la fama perquè de francesos grans victòries guanya”. No en vano, como ha indicado el historiador norirlandés James Casey, a lo largo del siglo XVII se puede detectar el mantenimiento de una fuerte identificación de las élites del país con las tradiciones jurídicas, políticas y culturales del Reino de Valencia. Dicha actitud, también presente en el resto de territorios de la Corona de Aragón, ha recibido el nombre de “patriotismo” o “republicanismo”, ya que “patria” y “república” eran las palabras empleadas para denominar el entramado de instituciones y leyes propias que permitían evitar la injerencia real y controlar de manera interna los órganos de gobierno particulares, como las Cortes, la Generalidad, las Juntas de Estamentos, los Consejos municipales, etc.

Es por ello que Felipe V aprovechó la derrota de los austracistas en la guerra de Sucesión para eliminar dichas estructuras mediante el Decreto de Nueva Planta de 1707. El Reino de Valencia dejó oficialmente de existir: al no tener un “régimen” legal propio, pasó a ser una provincia gobernada desde fuera. Ello provocó que los dirigentes del reino dejaran de tener un referente político valenciano y que muchos de los importantes elementos simbólicos que sustentaban la identidad propia –el uso del idioma valenciano por parte de las instituciones públicas o las conmemoraciones históricas como el 9 de Octubre, por ejemplo– desaparecieran. Además, el sentimiento de españolidad se extendió a lo largo del siglo XVIII al calor de las ideas centralizadoras de la nueva dinastía borbónica. No solo porque Madrid se intensificó como centro de poder incontestable de la monarquía y foco de atracción para los intelectuales valencianos, sino también porque la apertura de los beneficios del Imperio, con la participación en rutas mercantiles y la accesión a ciertos cargos administrativos, se hizo extensiva a los habitantes de la antigua Corona de Aragón. Con todo, la conciencia particular valenciana se mantuvo. Los propios ilustrados continuaron reproduciendo la visión unitaria del país de los valencianos en su tarea, basada en la memoria del Reino de Valencia, los Fueros y la cultura propia. El botánico Cavanilles, por ejemplo, realizó un magno estudio geográfico sobre el territorio valenciano –a pesar de que el rey le había encargado hacerlo del conjunto de España–, mientras que los juristas Villarroya, Branchat y Borrull se dedicaron al análisis del antiguo ordenamiento foral y el notario Eiximeno recopiló un catálogo histórico de Escritores del Reyno de Valencia. Sus esquemas mentales continuaban teniendo un fuerte vínculo a la historia y el territorio valencianos conformados en época de Jaime I.

Así, al producirse la ocupación napoleónica de España entre 1808 y 1814 ambas conciencias, la de ser español y la de ser valenciano, estaban presentes entre los habitantes del antiguo Reino de Valencia –el nombre del territorio que continuaba empleándose en el habla cotidiana–. Por ejemplo, cuando el dominico Raimundo Valcedo predicó en Cocentaina contra los franceses, por una parte se lamentó de la desdicha de “la meua España amantíssima” y arengó a los “nostres españols” a “vengar els molts agravis” que “la nació española” había recibido. Por otra parte, no obstante, para mostrar la desgracia que la aceptación resignada de la invasión conllevaba, expuso el dramático caso de los pueblos arrasados ​​por el ejército francés “al nostre Reyne de València”. Ambas pertenencias colectivas coexistían y las propias sesiones de las primeras Cortes modernas españolas –celebradas en Cádiz mientras se producía la guerra contra Napoleón– dieron muestras de la importancia que el debate territorial e identitario debía tener en el futuro constitucional de España. En el caso valenciano el diputado Francisco Javier Borrull, un erudito de tendencia política reaccionaria, propuso recuperar la Generalidad como institución encargada de la administración territorial y, además, se opuso por completo a cualquier tipo de cambio en la integridad del antiguo reino, pues consideraba que:
Puede hacerse del territorio español en departamentos, quitando el nombre que actualmente tienen sus diferentes reinos, y agregando los pueblos de los unos a los otros. Esto ha de ser perjudicialísimo; ha de impedir la íntima unión que media entre los pueblos de un mismo reino, y ha de encontrar la mayor resistencia entre ellos, suscitándose con este motivo trastornos y alborotos [...] Me opongo formalmente a que se apruebe como está, sin que se añadan las palabras siguientes: 'conservando cada reino su nombre, y los pueblos que le pertenecen'.

Ante aquel tipo de afirmaciones, el diputado extremeño Diego Muñoz Torrero replicó que: “estamos hablando como si la nación española no fuera una, sino que tuviera reinos y estados diferentes. Si aquí viniera un extranjero que no nos conociera diría que había seis o siete naciones”. La cuestión territorial, con fuertes implicaciones identitarias, no sería, pues, un tema menor en la construcción del Estado liberal español. Lo que pretendían los liberales, como habían planteado en las Cortes de Cádiz, era una revolución política que acabara con los antiguos privilegios estamentales de la monarquía, la nobleza y la Iglesia, sustituyéndolos por un sistema constitucional moderno que garantizara las libertades civiles –de expresión, asociación, religión, enseñanza, pensamiento, imprenta, etc.– y la participación política plena de todos los ciudadanos a través de los partidos y las elecciones democráticas.  El proceso se prolongó durante todas las décadas centrales del siglo XIX, desde el final del reinado absolutista de Fernando VII en 1833 hasta la Restauración borbónica de Alfonso XII en 1876, que acabó estabilizando un sistema parlamentario liberal –aunque con evidentes restricciones–. La forma resultante de gobierno fue la de un Estado decididamente centralista, ya que el territorio se regía desde Madrid a través de las cuarenta y nueve nuevas provincias que se crearon entonces. Hubo intentos de descentralización política, como el proyecto de constitución federal de 1873 de la Primera República –que incluía quince estados federados, entre los que se encontraban los cuatro antiguos territorios de la Corona de Aragón–, pero nunca llegaron a ponerse en marcha.

"España uniforme o puramente constitucional", "España foral", "España colonial" y "España incorporada o asimilada", en Francisco Jorge Torres Villegas, Cartografía hispano-científica, o sea, Los mapas españoles en que se representa España bajo todas sus diferentes fases, Madrid, 1852.

Entonces, ante el fracaso de los proyectos descentralizadores y las fricciones culturales que comportaba la participación en un proyecto nacionalista de base castellana, se configuraron los primeros nacionalismos alternativos al español. En este sentido, conviene tener en cuenta que durante la segunda mitad del siglo XIX, aparte de la primera Historia general de España, también se desarrollaron estudios regionales que fueron recuperando la conciencia de los territorios históricos; no solo historias propias, sino también todo un caudal literario en lengua vernácula –es, por ejemplo, el momento de la edición moderna de las crónicas en catalán de los reyes de la Corona de Aragón–. A un mismo tiempo, el incremento progresivo de la población alfabetizada –la primera Ley estatal de Instrucción Pública fue de 1857– planteó la cuestión de la lengua en la enseñanza y en los crecientes medios de comunicación de los territorios con tradiciones lingüísticas no castellanas. Así, en lugares como el País Vasco y Cataluña se desarrolló un clima favorable al autoctonismo, que desembocó en la creación del Partido Nacionalista Vasco en 1895 y de la Lliga Regionalista catalana en 1901, partidos a los que se fueron sumando las élites respectivas. Hasta aquel momento todos los actores políticos contemporáneos habían coincidido en dar al conjunto de ciudadanos españoles el papel de cuerpo nacional soberano, pero a partir de entonces, por primera vez, las identidades regionales fundamentadas en la memoria histórica o en rasgos culturales diferenciales pasaron a un primer plano: la nación ya no era la española sino la vasca o la catalana, que, en consecuencia, aspiraban a constituir un Estado que atendiera las necesidades y características de los territorios y los ciudadanos propios. Los nacionalismos alternativos al español se convirtieron, pues, en los máximos promotores de las identidades particulares que tenían una base histórica y cultural propia.

El proceso de aparición y consolidación política del nacionalismo valenciano fue más tardío. Sus orígenes hay que encontrarlos en la Renaixença y la creación de Lo Rat Penat, la “societat d’amadors de les glòries valencianes” fundada en 1878 en la ciudad de Valencia de la mano de Constantí Llombart y Teodor Llorente. En un principio su tarea fue estrictamente cultural, tratando de impulsar el uso escrito del valenciano y de ensalzar el pasado histórico del Reino de Valencia, dado que dichas actividades quedaban completamente marginadas en el ideario nacional proyectado por el Estado español. No en vano, por muy pocos que fueran y por muy inocua que pareciera su labor cultural y erudita, los renaixencistas chocaron con los sectores más furibundamente españolistas, totalmente opuestos al cultivo de las lenguas distintas al castellano y a la profundización de sentimientos colectivos que pudieran poner en riesgo la concepción unitaria y centralizadora de España. De hecho, aunque no promovieron abiertamente ninguna modificación de las estructuras políticas del Estado, los miembros de la Renaixença valenciana fueron recurrentemente acusados ​​de antiespañoles. Las propuestas de transformación, no obstante, llegarían unas décadas más tarde. En concreto, en 1902 el médico de Alaquàs Faustí Barberá fue el primero en reclamar públicamente, en un discurso en Lo Rat Penat, la autonomía política para las tres provincias históricamente valencianas: “lo Regne valencià, per sa història i tradicions, està obligat a secundar el moviment regionaliste”. Más tarde, la asociación Joventut Valencianista pondría las bases ideológicas del primer nacionalismo valenciano a través de la Declaración Valencianista de 1918, que reivindicaba la creación de un Estado Valenciano dentro de una Federación Ibérica. Para aquellos primeros valencianistas el conjunto de los valencianos tenía una personalidad histórica y cultural bien definida, por lo que se hacía necesaria la creación de un Estado-nación independiente que promoviera dicha identidad hasta las últimas consecuencias:
La primavera és arribada. Els valencians pensen ja en si mateixos i afirmen ses característiques. Prompte est dolç amor, que escomença en la família i acaba en la pàtria, ens tornarà viva i esplendenta la nació valenciana i nostra pròpia pàtria floreixerà com els roserals en maig.

Sin embargo, no hubo partidos políticos que compartieran expresamente los postulados nacionalistas valencianos hasta la Segunda República, en la década de 1930, como Acció Nacionalista Valenciana, de derechas, o Esquerra Valenciana y el Partit Valencianista d’Esquerra. También aquella época significó un avance en la maduración del valencianismo cultural, con una efervescencia protagonizada por un gran número de escritores, intelectuales y políticos, como Carles Salvador, Manuel Sanchis Guarner, Maximilià Thous, Miquel Duran, Empar Navarro, Joaquim Reig, Francesc Bosch i Morata o Nicolau Primitiu Gómez Serrano. Fue entonces, por ejemplo, cuando se firmaron los acuerdos para la unificación ortográfica del valenciano –las Normas de Castellón de 1932–, cuando la Señera coronada avanzó como símbolo identificador de todos los valencianos y cuando el término de País Valenciano empezó a emplearse con un significado político. Asimismo, también llegaron las aspiraciones colectivas de autogobierno, simbolizadas en diversas campañas por la obtención de un Estatuto de Autonomía, que quedaron finalmente truncadas por el estallido de la Guerra Civil española en 1936.

Manifestación por el Estatuto y la autonomía en la ciudad de Valencia durante la Segunda República (c. 1932)

En este sentido, la posterior dictadura franquista prácticamente arrasó con cualquier vestigio de aquel valencianismo organizado, que durante la larga noche de la postguerra tuvo que refugiarse en la reducida actividad cultural de Lo Rat Penat y de la editorial Torre, fundada en 1943 por Xavier Casp y Miquel Adlert, procedentes de Acció Nacionalista Valenciana. Entre aquellos dos grupos, no obstante, existía una diferencia fundamental: mientras que los primeros continuaban en cierto modo el valencianismo tradicional, ligado al territorio histórico del Reino de Valencia, los segundos focalizaban su atención en construir lazos entre valencianos, catalanes y baleares, a partir de la lengua compartida. No en vano, del segundo grupo surgió la figura capital de Joan Fuster, que con la publicación de Nosaltres, els valencians en 1962 dio pie a un nuevo valencianismo, de orientación abiertamente catalanista y fundamentalmente de izquierdas, que es el que ha predominado en la construcción y reproducción del nacionalismo valenciano contemporáneo. Ya antes de la guerra civil había habido tendencias catalanófilas en el seno del valencianismo, que era muy consciente de los lazos históricos y culturales con Cataluña y Baleares, pero, en general, la cuestión se había resuelto de una manera diferente. Lo explicaba en 1918 quien posteriormente sería el fundador del Banco de Valencia, Ignasi Villalonga:
Presuposant que ètnica i filològicament estem relacionats amb Catalunya i Mallorca, demanem la constitució d’un Estat autònom, propi, per a demostrar el nostre respecte a la personalitat valenciana i la seua voluntat. Nosatros creem que esta fórmula esvairà molts recels i molts dubtes engendrats per suspicàcies d’uns i atres. Per lo demés, nosatros no renunciem a formar una comunitat de cultura amb les atres regions de la nostra nacionalitat, unides pel llaç de la llengua, ni fugim les conseqüències que este fet poguera portar.

El valencianismo de Fuster, en cambio, no ponía en primer lugar la personalidad valenciana formada a lo largo de la historia, sino que la consideraba una “singularitat amarga”, según ha destacado el historiador castellonense Ferran Archilés. Era una “desviació” de la verdadera “nació catalana” a la que los valencianos habían pertenecido durante la edad media. Por lo tanto, la identidad y la nación esenciales y primigenias de los valencianos eran las mismas que las de los catalanes y baleares, con los que debían agruparse para formar un nuevo Estado, “els Països Catalans”. El tema de la relación histórica entre la identidad catalana y la valenciana era, sin embargo, bastante más complicado que la reducción a un único origen común y primigenio, según hemos podido ir viendo en el presente libro. En cualquier caso, lo que nos interesa destacar ahora es el conflicto que se abrió en la sociedad valenciana durante las décadas de 1970 y 1980 entre los favorables a los postulados de Fuster, designados como “catalanistas” y mayoritariamente de izquierdas, y los que se alzaron en su contra, llamados “blaveros” y abrumadoramente de derechas, que defendían la pertenencia regional de los valencianos a España. Como ha explicado el sociólogo valentino Vicent Flor, el blaverismo fue “un populisme regionalista i conservador” que hizo “de l’anticatalanisme el seu leitmotiv fonamental per construir una regió plenament integrada a Espanya i alhora el més allunyada possible de Catalunya”. Generalizando mucho, pues, la pugna confrontó a los que querían profundizar en los rasgos diferenciadores de los valencianos –aunque los considerasen catalanes en esencia– y los que, por el contrario, a pesar de presentarse como adalides de la valencianidad, querían subsumir y subordinar dichos rasgos a la identidad española, de matriz castellana y dividida en provincias, como había venido sucediendo desde el siglo XIX.

La batalla y la hegemonía política la acabó ganando el blaverismo, de modo que, en consonancia con sus ideas, los principales dirigentes que han gobernado el territorio valenciano durante las últimas décadas no han realizado ningún esfuerzo especial por impulsar la cultura diferencial valenciana y, de hecho, han entorpecido la profundización de cualquier idea de país que abarcara el conjunto del territorio valenciano. Paralelamente, el catalanismo valenciano ha ido modificando progresivamente sus presupuestos hasta volver a denominarse, de forma general, como “valencianismo”. En este sentido, el avance en el conocimiento de los fenómenos identitarios ha permitido comprender que la conciencia colectiva valenciana no es el producto de ninguna desviación nacional, singular y amarga, sino que, por el contrario, como hemos visto a lo largo de esta misma obra, es el resultado de una evolución histórica comparable a la de muchos otros pueblos europeos. Así, aunque el enfrentamiento de tipo identitario en el seno de la sociedad valenciana se ha ido apaciguando, cuando menos en sus formas extremas, sigue existiendo y se ha resituado ligeramente. Por una parte, los herederos del blaverismo tienen cada vez más dificultades para presentarse como valencianistas, dado que muchos de ellos han renunciado al principal marcador identitario diferencial –el uso del valenciano– y sus propias actuaciones les señalan como simples contrarios a la profundización del valencianismo, mientras que, por otra parte, los herederos del catalanismo son progresivamente identificados por más gente como los valedores del valencianismo, ya que son los que proyectan constantemente su acción en clave política y cultural valenciana.

En consecuencia, como ya sucedió con anterioridad a la Guerra Civil, la pugna entre una identidad española que sustenta el Estado-nación homónimo y una identidad valenciana que aspira a un mayor nivel de autogobierno, incluso a un Estado autónomo, continúa viva. Con la diferencia de que ahora hay encuestas sociológicas que dan una idea del alcance de la cuestión. En concreto, en el citado Barómetro autonómico del año 2012 un 31,5% de los habitantes del territorio valenciano declaraban sentirse únicamente españoles o más españoles que valencianos, el 55,5% tan valencianos como españoles y un 11% más valencianos que españoles o únicamente valencianos. Por lo tanto, como también indica el comportamiento electoral de la población valenciana –que vota mayoritariamente a partidos de ámbito estatal–, la identidad española es la que predomina entre los habitantes del país. Cabe indicar, en cualquier caso, que la marcadamente valenciana se mantiene desde hace tiempo en torno al 10% y en los últimos años ha coincidido con la entrada del principal partido valencianista de izquierdas en los parlamentos valenciano, español y europeo y en el propio gobierno de la actual Generalitat Valenciana. Por otro lado, al mismo tiempo, el grueso de la población, más de la mitad, dice sentirse perfectamente cómoda con ambas identidades, sin desavenencia aparente entre ellas: son tan valencianos como españoles y tan españoles como valencianos.

El pueblo valenciano, pueblo ibérico y de Europa

Sin embargo, aunque no sea percibida, la fricción existe, dado que en la mayor parte de dichos casos la conciencia española es vivida en un primer término, como identidad nacional, mientras que la valenciana queda relegada a una simple concreción regional. En consecuencia, la hegemonía de los elementos vinculados a la nación española hace retroceder y dejar en un espacio totalmente subalterno a los propios de la identidad valenciana, lo que acaba teniendo profundas consecuencias sociales, económicas, políticas y culturales. En este sentido, las actuaciones de los partidos de ámbito estatal y nacional español que gobernaron la Generalitat contemporánea durante sus tres primeras décadas de existencia, a partir de 1982, son una buena muestra de ello. Su supeditación a los intereses proyectados desde Madrid y su falta de preocupación real por los rasgos particulares de la sociedad valenciana acabaron llevando a una situación realmente complicada, que en la actualidad ha hipotecado el futuro de la ciudadanía valenciana. A nivel lingüístico, por poner uno de los tantos casos mesurables, se pueden observar los efectos de dicha sumisión de la identidad valenciana a la española: el porcentaje de usuarios mayoritarios del valenciano en la zona valencianohablante del país ha caído hasta diecinueve puntos, del 50% al ​​31%, en menos de veinticinco años, de 1992 a 2015. Y ello no puede ser simplemente atribuido a la llegada masiva de población inmigrante, ya que en lugares donde las identidades particulares son las hegemónicas por encima de la española, como el País Vasco y Cataluña, los porcentajes de hablantes de la lengua propia hasta han aumentado ligeramente durante el mismo periodo bajo unas circunstancias similares.

Los resultados negativos de la marginación de los intereses vinculados al conjunto del pueblo valenciano han sido evidentes no solo en el aspecto cultural, sino también en muchos otros ámbitos. La desaparición del poder financiero valenciano, con las cajas y los bancos locales absorbidos desde Madrid y Barcelona, ​​es un buen ejemplo de ello en la esfera económica. Si las elites valencianas hubieran estado imbuidas de una fuerte conciencia de valencianidad habrían tratado de mantener dicho sector fundamental para la buena marcha de cualquier sociedad. Lo mismo ha sucedido con las infraestructuras estratégicas, las inversiones estatales y el modelo de financiación autonómica: el corredor mediterráneo se posterga eternamente, la autopista homónima sigue siendo de peaje, la balanza fiscal con el sector público estatal es claramente negativa –de más del 6%– y la Generalitat Valenciana ha recibido en los últimos quince años un promedio de mil millones de euros anuales menos que el resto de las autonomías. En conjunto, la economía valenciana se ha ido hundiendo y, además de su renta per cápita, también el PIB per cápita ha ido cayendo posiciones, hasta llegar a ocupar la undécima posición de las diecisiete comunidades españolas. También a nivel político la falta de valoración de lo propio ha llevado al desprecio y el desprestigio de las instituciones valencianas. Los numerosos casos de corrupción y la despreocupación por la importancia de los cargos ocupados en representación de los valencianos han hecho que hasta el propio autogobierno sea visto con desconfianza por una parte de la población. No en vano, la valoración del espacio político valenciano y el afán por el futuro de los valencianos pasa, en primer término, por una fuerte adhesión a la conciencia colectiva particular, que no es mayoritaria en estos momentos.

En relación con ello, resulta evidente que el fomento de la identidad valenciana y su priorización a la castellano-española que se propugna desde el valencianismo no revertiría de repente la situación ni convertiría el territorio valenciano en una sociedad idílica. Pero probablemente sí que ayudaría a construir una sociedad más digna, cívica y responsable. Como ha indicado Joan Francesc Mira, el nacionalismo valenciano no se reduce a la promoción del uso del valenciano, como a veces se ha pensado, sino que va mucho más allá. Se trata de todo un proyecto de país:
Un projecte de defensa, reforçament i creixement d’aquells béns comuns que configuren l’àmbit de vida de la societat valenciana. El “país” o la “nació”, no en abstracte i com a eslògan, sinó en concret i amb continguts reals, és abans que tot i després de tot el patrimoni comú d’un poble o societat: un patrimoni cultural, fet de llengua pròpia, de literatura, música i teatre, del llegat històric, artístic i monumental, dels espais urbans, de totes les dimensions de la cultura popular; un patrimoni natural que imposa la valoració dels espais físics i geogràfics, del paisatge, de les platges o els boscos, de les condicions físiques de la qualitat de vida; un patrimoni econòmic i social, que implica desenrotllament equilibrat, polítiques econòmiques pensades en termes valencians, defensa del benestar social, i defensa dels serveis públics de qualitat en l’educació, la sanitat o les comunicacions; i un patrimoni polític, que significa demanar i obtenir graus majors d’autogovern efectiu, estendre el “camp valencià” de decisió autònoma, prestigi de les institucions valencianes ‒començant pel govern de la Generalitat, la Presidència i les Corts‒ com a institucions nacionals, cohesió territorial, promoció de la consciència comuna, i tota una acció política pensada en primer lloc com a valenciana.

Las ucronías históricas son simplemente eso, ucronías, pero si los dirigentes valencianos hubieran antepuesto la idea de un País Valenciano fuerte y cohesionado a la del proyecto nacionalista español impulsado desde Madrid, consistente en la desvertebración provincial y una autonomía administrativa sumisa al centralismo, es muy probable que la situación actual y las perspectivas de futuro de la sociedad valenciana no fueran tan adversas. En este sentido, la adhesión y el impulso de la identidad colectiva valenciana no son una simple cuestión cultural, sino un auténtico proyecto de progreso social y mejora de la calidad de vida, en todos los aspectos, para el conjunto de ciudadanos que habitan este trozo de planeta definido territorialmente durante la época bajomedieval. Sus antepasados ​​lo denominaron Reino de Valencia en el siglo XIII y comenzaron a sentirse valencianos a lo largo del XIV. Y dicha identidad, aunque transformada, ha llegado hasta nuestros días: todavía la mayoría de sus pobladores continúan considerándose valencianos. En la actualidad, no obstante, dicha conciencia no comportará de manera efectiva ningún beneficio colectivo, como los generó de manera muy notoria durante la edad media, si no se dota de un componente nacional y de país, acorde a los tiempos contemporáneos. En las manos del conjunto de la ciudadanía valenciana está dar dicho paso. Y la historia juzgará, en un futuro, si aquel pueblo valenciano conformado en época medieval acabó por tomar en el siglo XXI las riendas de su propio destino.


Epíleg d'interpretació historicopolítica afegit a la traducció al castellà d'Els valencians, des de quan són valencians? El llibre sencer en valencià està disponible ací i en castellà ací (amb les notes i referències corresponents, que han sigut eliminades del present text).

3 comentaris:

Anònim ha dit...

Hola, una pregunta: teniu l'epíleg en valencià?
Moltes gràcies

Vent d Cabylia ha dit...

De moment no. En trobar un moment el traduiré i el publicaré ací mateix...

Anònim ha dit...

És un bon artícul al 90%, pero la vostra visió de lo que és el valencianisme “blaver” és tendenciosa. Per a ser honests, deuríeu de reconéixer que el valencianisme “blaver” és una reacció front a lo que considerem que és un intent de colonisació de l'identitat, llengua i cultura valenciana, per part de Catalunya. Açò és el mateix cas que la castellanisació que denuncia l'artícul, pero canviant els actors, Castella-Valéncia, per Catalunya-Valéncia. Fet este que queda manifestat fonamentalment pel no reconeiximent per part del catalanisme de la singularitat i independència de la llengua valenciana (i per contra, la seua inclusió com a dialecte del català), per la catalanisació sistemàtica de la llengua valenciana (en contes de la potenciació de les formes autòctones), i per l'aplicació sistemàtica del gentilici “català” a tot lo valencià. No existint raons històriques, ni filològiques, ni socials, per a fer-ho; o en tot cas, estar basades dites raons només que en hipòtesis, no en fets inqüestionables.

El valencianisme (blaverisme) naixqué com una reacció ad eixe intent de colonisació que hui en dia seguim patint, cada vegada en més intensitat. És per això que en el nomenat com “blaverisme” confluïxen des de nacionalistes valencians (estrictament valencianistes, no pancatalanistes); passant per regionalistes valencians (tampoc pancatalanistes); fins a valencians espanyolistes als quals els mou un sentiment reaccionari front al pancatalanisme. I tant gent de dretes com d'esquerres, encara que la presencia massiva d'espanyolistes fa que ad alguns els aparente ser un moviment només de dretes.

Vosatros tendenciosament només mencioneu als espanyolistes considerats “blavers”, com fa sempre el pancatalanisme, deixant-vos per mencionar a tots el nacionalistes i regionalistes valencians, que també s'oponen al pancatalanisme, i que utilisen com a llengua vehicular el valencià (en Normes d'El Puig), que se senten més valencians que espanyols, i que inclús aspiren o valoren positivament una independència (no pancatalanista) del Regne de Valéncia.