dijous, 10 de desembre de 2015

Famorca amb una "o" rotunda: el valencià i la terra en Gabriel Miró (1928)

En un dels darrers posts vaig incloure la descripció que l'escriptor nascut a Alacant Gabriel Miró i Ferrer (1879-1930) va fer de Benidorm quan encara no havia arribat el boom del turisme i la construcció, en el llibre Años y leguas, publicat en l'any 1928. Ara volia mostrar un altre dels capítols de l'obra, titulat "Toponimia", en què el seu alter ego, anomenat Sigüenza, reflexiona sobre el vincle entre la llengua i la terra, en com hi han llocs que sembla que només es puguen identificar, sentir i representar amb una determinada llengua, "en els límits de raça i terra", com diu ell. Ho diu parlant de pobles de l'Alcoià, el Comtat i la Marina, fins a arribar al punt de considerar que no és el mateix pronunciar "Famorca" amb una "o" castellana tancada que amb una "o" rotunda valenciana, ja que és només llavors quan la paraula pren "una plasticitat topogràfica i agrària", lligada a la terra, el paisatge i el poble.

El mateix Gabriel Miró, no obstant això, diu que es tracta d'un raonament "anticientífic". Amb tot, no pot evitar ser colpit per eixos sentiments vinculats a la llengua -que crec que tots hem sentit alguna volta-, un fet ben destacable en una persona que segurament havia sigut la primera o segona generació que havia perdut el valencià, com a conseqüència de la interrupció de la transmissió intergeneracional produïda progressivament a la ciutat d'Alacant durant el segle XIX. Així i tot, Miró encara sentia aquella crida atàvica de la llengua valenciana, lligada a la societat que habitava una determinada terra, la valenciana, des de feia segles. Per una banda, tenia raó, ben pensat és tot "anticientífic", però, per l'altra banda, també tenia raó, llengua i terra, quan s'imbriquen durant segles, creen unes connexions difícils d'esborrar i mereixedores de preservar. Siga com siga, ací davall teniu el fragment original de l'escriptor alacantí.

Il·lustració interior d'Años y leguas (1928), de Gabriel Miró i Ferrer

Bajaba la cuesta, y el auto le seguía, y ya iba diciendo más nombres de lugares de su provincia, escuchados en sí mismo, fuera de las resonancias de la serranía:
 
—Ibi, Tibi, Famorca, Benisa, Jávea...

No hay onomástico de pueblos como en su comarca. En otras habrá nombres más literarios, más ortológicamente puros y significativos para todas las lenguas: son como esas hermosuras o personalidades que pasan a nuestro lado; las miramos y seguimos conversando de otros asuntos. Estos, no. Los nombres de los pueblos suyos son concretamente ellos en su profundidad; profundidad máxima, que es la del lenguaje. Estos nombres equivalen en su fonética y evocación, a ese alguien —hombre o mujer— tan intensamente él o ella que no dejamos de mirarle hasta muy lejos, y siempre queremos saber quién será y cómo será ; es un recuerdo, una inquietud que se nos esconde dentro de nosotros mismos. Un nombre de lugar demasiado histórico y celebrado es un bien de todos; es decir, demasiado ajeno. Todos lo pronunciamos lo mismo con prosodia mental, y en último término podemos consentirnos que degenere en poder de la gloria. Pero no los de la comarca de Sigüenza. Se contienen, con plenitud, en los límites de raza y tierra. Por eso le conmueve oirlos a las gentes del país. Y vuelve a recordar más diciéndolos él solo y dotándolos de sus memorias: Agres, Ondara, Alcalalí... 

¿Es la delicia de la palabra por ella misma? Pero es que la palabra no sería deliciosa si no significase una calidad. Y estos nombres rurales en boca de sus gentes dejan un sabor de fruta, que emite la de todo el árbol con sus raíces y su pellón de tierra, y el aire, y el sol y el agua que lo tocan y calan; fruta que aunque la lleven otros terrenos, no es como la del frutal propio. Allí, sólo allí se puede pronunciar íntegramente el nombre de cada pueblo. Fonética valenciana de Alicante. El valenciano de estos nombres se ha quedado recogido y apretado en ellos como su sangre, y en los campos del contorno, como su geología. Es tan suyo, que los lugareños quieren hablar con el forastero en castellano, traducido rígidamente, para no desjugar y desvalorizar su lengua. Lengua suya, por complacencia posesiva, genealógica y de densidad por ser suya y ser como fue siempre, correspondiendo a su vida y a su paisaje. Si, por ejemplo, se pronuncia Famorca con la “o” cerrada y breve de Castilla, Famorca no significa más de una noticia de diccionario geográfico. Pero con la “o” grande, rotunda, la “o” exacta y verdaderamente central y valenciana, Famorca adquiere una legítima arquitectura silábica, y con ella una plasticidad topográfica y agraria; de manera que si llegásemos delante de Famorca, oyendo esa palabra prorrumpiría en nosotros la evidencia de que ese pueblo sólo así puede llamarse y pronunciarse.
 
Demasiado sabe Sigüenza que lo que va diciéndose del placer de los nombres comarcanos es anticientífico y todo; pero ese placer no es sólo acústico, sino que se esparce a muy nobles sentidos, penetrando en la conciencia del lenguaje. Lo que pensó de Famorca puede derivarlo de todos los pueblos suyos, y según los nombra siente un contacto humano con los primeros que los nombraron, con los que criaron allí un vínculo antropológico, que le emociona como si echara raíz en lo profundo de la tierra más vieja de esos lugares. Alcalalí, sin pensar en etimologías, Alcalalí, pequeñito y agudo como un esquilón. Agres, umbrío y ermitaño. Ya junta la imagen con la palabra, cumpliéndose en sí mismo que sus nombres, como los de los dioses para Platón, aunque no los comprendamos, son sin duda “la exacta expresión de la verdad”. 

Y con aquellas parcelas filológicas, tan locales, fue llegando Sigüenza a Parcent.

Famorca en l'actualitat

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